Testimonio de la agresión sufrida por la escritora Illy Nes en Francia
En pseudoghetto, recibimos un mail de parte de la escritora Illy Nes con el testimonio preciso de la agresión que sufrieron tanto ella como su pareja en Francia. A continuación va el relato y además las fotos que testimonian el brutal maltrato que sufrieron.
Brutal agresión de la policía parisina a la escritora española Illy Nes
Voy a relatar, para que quede constancia, los hechos incomprensibles y brutales que fuimos objeto una amiga y yo misma, Pilar Sánchez Morales, más conocida por mi seudónimo de escritora: Illy Nes. Aunque mi nacionalidad es española, en la actualidad resido en Paris. Voy a relatar, para que quede constancia, los hechos incomprensibles y brutales que fuimos objeto una amiga y yo misma, Pilar Sánchez Morales, más conocida por mi seudónimo de escritora: Illy Nes. Aunque mi nacionalidad es española, en la actualidad resido en Paris. El pasado sábado (25/08/07) nos reunimos varios amigos para cenar, sobre las 3 de la madrugada abandonamos el restaurante, y como no conocía bien el camino de regreso a casa y me sentía un tanto indispuesta, mi amiga, aprovechando que ambas vivimos a escasa distancia, se ofreció a conducir mi coche y a enseñarme el camino más corto. Quiero destacar que debido a lo intempestivo del horario y a la poca vida nocturna de la ciudad, había pocos vehículos circulando en aquellos momentos y también que antes del incidente, nos cruzamos con dos patrullas de la policía y no hubo ningún problema. Al girar a la derecha, por la calle Pyrénées, a unos 300 metros circulaba lentamente un coche patrulla. Al incorporarnos a la vía, el vehículo policial aceleró y nos cortó el paso, ordenándonos que nos detuviéramos, de inmediato, en el carril bus. Así lo hicimos, mi compañera, visiblemente sorprendida, aventuró que quizás nos detenían porque mi matrícula era española. Un policía, de unos 50 años y pelo canoso, se nos acercó y con tono amenazante, y cierta agresividad en sus movimientos, nos acusó de haber invadido el carril bus. Mi amiga, sin alzar la voz y educadamente, le respondió que no había circulado por el carril bus, que sólo lo había hecho cuando así se lo había ordenado. El agente volvió a dar voces y le pidió la documentación del coche, ella le indicó que no era necesaria tanta agresividad, se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró hacia mí para pedirme la documentación, momento que el policía aprovechó para abrir la puerta y sacar, violentamente, a mi amiga e inmovilizarla en la puerta trasera del coche. Descendí, muy asustada, y le pedí por favor que no utilizara tanta violencia, el agente por toda respuesta me propinó un puñetazo en el brazo. Mi amiga, perpleja y llorando, me dijo que no entendía lo que ocurría y le pidió de nuevo, en francés, que le dijera por qué se nos trataba así. Sin dar ningún tipo de explicación, la esposó con violencia y se la llevó hacia el coche policial, mientras otro policía moreno me sostenía, con fuerza, por un brazo. Mi compañera no opuso resistencia, siguió pidiendo explicaciones mientras lloraba desconcertada. El policía que me tenía sujeta pasó mi custodia a un tercer agente, rubio y con perilla, que parecía menos agresivo y que me sujetó, por la muñeca, sin fuerza, aunque tampoco respondió al por qué de ese trato. El agente mayor regresó con un alcoholímetro y me hizo soplar, a fuerza de gritos. Al dar positivo, intenté explicarle que yo no conducía, pero no me respondió y regresó al coche patrulla. Mi amiga empezó a gritar que la estaban golpeando en la cabeza, y como el agente menos agresivo no me tenía sujeta, y se encontraba a unos dos metros de mí, avancé hacia el coche policial instigada por los gritos de desesperación. El policía mayor me sujetó por el cuello y me arrastró, con brutalidad, hasta mi Fiat Panda. Mi nuca quedó apoyada en el techo, sufrí un intenso dolor en las cervicales y en todo mi cuerpo, mientras él apretaba mi garganta y golpeaba mi brazo contra el coche. Le supliqué, en francés, que me dejara hablar con ella, pero me respondió que yo no hablaría con nadie. Me soltó y regresó al coche patrulla, mientras mi compañera seguía gritando que la estaban golpeando. Llorando pedí ayuda al policía menos violento, pero él evitó mirarme. Intenté llamar con mi teléfono pero me quitó el móvil, y de nuevo vino el policía mayor y me esposó. Me hicieron sentar en la acera, custodiada por el agente menos agresivo, hasta que apareció una nueva patrulla que me condujo hasta la comisaría. Aseguraron que nadie entendía el español y me indicaron, con gestos, que me callara. Mi amiga llegó a comisaría en estado de shock, con la blusa desabrochada y casi enseñando los pechos, con un golpe en la boca, varios en los hombros, la espalda y sin poder caminar. Cuando por fin se sentó a mi lado en el banco, después de nuevos gritos y empujones que la hicieron caer al suelo, colocó su cabeza sobre mis piernas para que pudiera ver por donde sangraba y cual era la gravedad de la herida. Los agentes nos miraban y mi amiga que tradujo lo que estaban diciendo: “ella es la que lame el coño a la otra, lesbianas de mierda”. A partir de ese momento, entre ellos, nos llamaban la vieja puta lesbiana y la española de mierda. Como mi compañera a duras penas podía incorporarse y caminar, un agente dijo: “lleven a la vieja puta al hospital”. Se la llevaron casi a arrastras, aterrada y furiosa, mientras gritaba que estaban faltando a sus derechos y solicitaba la presencia de nuestro abogado. Me quedé sola en comisaría, esposada a un banco. Solicité numerosas veces, tanto en español como en francés, que me dejaran hacer una llamada. Pedí hablar con el consulado, el ministro de industria, Cristina del Valle, Pilar Rahola… pero me lo denegaron arguyendo que no entendían el español ni el francés que yo hablaba. Tampoco me dejaron ir al baño para hacer mis necesidades, ni ponerme la chaqueta cuando empecé a tiritar de frío, ni cambiarme la esposa de mano porque me producía un intenso dolor. El agente, sin dejar de sonreír, siempre contestaba no, y en un momento de la noche, con una mezcla de español e italiano, me espetó de manera perfectamente comprensible: “en Francia tenemos más cojones que en España”. Cuando amaneció, hubo cambio de personal, me registraron y me esposaron para llevarme al hospital. Allí me tomaron la tensión y el pulso, pero no revisaron los golpes. De nuevo me llevaron a comisaría para tomarme declaración. Solicité la presencia de mi abogado, alegando que no hablaba su idioma, pero me la denegaron. Di mi versión de los hechos, mientras un agente traducía mis palabras, o al menos eso aseguraron. Me mostraron la declaración, en francés, objeté que no podía firmar algo que no entendía, pero el intérprete me aseguró que habían escrito, exactamente, mis palabras. Firmé, no tenía otra opción. No recibí ninguna copia, sólo me entregaron una multa, sin el importe de la sanción, donde se indicaba “peatón ebrio en acera”. Al recoger mis objetos personales faltaba mi teléfono móvil y lo reclamé. Me pidieron que lo describiera, lo hice y la agente me mostró dos teléfonos, el de mi compañera y el mío, cuando se lo señalé me indicó que no podía dármelo porque se lo habían requisado a la otra señorita. Aquello no era cierto, les propuse facilitarles la factura, el número de password… para que pudieran comprobar que en realidad era mío. Les expliqué que lo necesitaba para contactar con personas de mi país y pedir ayuda, que no podía comunicarme con nadie porque todos mis datos se encontraban en ese teléfono, pero fue inútil. Quiero destacar que el propio traductor, de mi declaración policial, me indicó dónde debía dirigirme para denunciar a los agentes por el mal trato que había recibido y el exceso de autoridad. Horas más tarde soltaron a mi amiga, sin poder apenas caminar y llena de magulladuras. Espero que se realicen las diligencias pertinentes para que mi denuncia siga los cauces legales correspondientes, y se castigue a los autores de semejante atropello, tan brutal como injustificado y por supuesto, incalificable en un estado de derecho. http://www.illynes.net/
